Por Pablo Alabarces
14.02.2010
No soy profeta, pero no hacen falta ni profecías ni un gran esfuerzo de imaginación para anticipar que las clases van a comenzar con dificultades, si comienzan, y que 2010 será un año sembrado de paros docentes a lo largo y a lo ancho del país. Basta con leer las noticias de los últimos días –los reclamos, los amagos de negociación que se frustran cuando los funcionarios rechazan exasperados los pedidos–; o, indagando en internet, encontrar los salarios promedio de los maestros y profesores en cada una de las jurisdicciones. Las disparidades son groseras: y ni siquiera tomando en cuenta el salario del maestro fueguino o santacruceño –donde todo es carísimo– se puede encontrar un solo sueldo digno de ese nombre.
El tema educativo es uno de los más tapizados por los lugares comunes habituales de la cultura argentina. Los deliciosos testimonios que nos disparó Abel Posse en su corta pero fructífera gestión pueden ser un buen ejemplo: Posse era un sarmientino presuntamente ortodoxo, pero su derechismo vertiginoso y su probada incapacidad intelectual le impedían salir de la tontería del apostolado y del “los perjudicados por los paros son los alumnos”. Hoy Sarmiento sería un trotskista militante de los gremios docentes más radicalizados, y la sola mención de que $ 1.900 pueden ser un salario civilizado lo haría reescribir el Facundo. Por un momento, aceptemos lo que todos los políticos repiten: que la educación es la clave para el progreso de la patria, y que retener a los chicos en la escuela es el mejor mecanismo para que esos mismos chicos no nos asalten en la esquina (en realidad, la cosa es harto más compleja, pero aceptemos provisoriamente ese argumento). ¿Se puede afirmar eso e inmediatamente creer que un maestro puede ganar, al final de su carrera, con 25 años de antigüedad y miles de chicos alfabetizados sobre sus espaldas, menos de 5.000 pesos? ¿Y que el maestro que recién se inicia y del que esperamos eduque a los hijos de los pobres –porque los otros no van a la escuela pública– gane $ 1.600?
Por un lado: la respuesta posiblemente esté en que, justamente, los maestros de la escuela pública educan a los pobres, y en consecuencia merecen, para nuestros políticos, salarios acordes con esa función social. Como afirmó varias veces Martín Caparrós en este lugar (la última, el viernes pasado), los que deciden los salarios de médicos y docentes no se atienden en los hospitales públicos ni mandan sus chicos a las escuelas del Estado. Por otro, está la cortina de humo según la cual los docentes faltan, viven de licencia, no se actualizan y les encanta hacer paros “políticos” –como si cualquier paro pudiera ser otra cosa. Cortina de humo, retahíla de idioteces: pero que incluso cuando son veraces, olvidan que la acumulación de licencias tiene que ver con las condiciones reales del trabajo –¡cuarenta chicos, muchos subalimentados, durante 180 días en un aula!– o con, justamente, esos salarios, que los obligan a buscar las changas paralelas e incompatibles –ya que no pueden andar haciendo diferencias con el cambio del dólar usando información calificada.
La manera como la sociedad entiende ese trabajo, a pesar de la hipocresía de todos los gobernantes, la demuestran dos hechos: uno, las tablas nacionales, que como dije muestran que no hay un solo salario docente digno en todo el país (sean distritos peronistas, radicales o macristas: en la provincia que dejó Cobos, el maestro que se inicia gana $ 1.500). El otro lo acercan dos gentiles servidores de la flamante Policía Metropolitana en el Clarín del sábado: el subinspector Ahumada gana $ 9.200; el oficial mayor Mendicino, $ 6.400. En la misma jurisdiscción, mi señorita Mirtha, que espero que se haya podido jubilar, debía estar por los $ 4.500, con dos cargos de jornada simple y después de 40 años de maestra ejemplar: y ni quiero imaginarme cuál es su jubilación. La señorita Mirtha fue mi maestra en 6º y 7º entre 1972 y 1973: lo había sido de mi hermano mayor, lo fue de mi hermano menor. Entre 1997 y 2000 fue maestra de mis hijos en una escuela pública del barrio de Floresta. Los años le habían agregado sabiduría y no le habían restado compromiso con su trabajo: su exasperada conciencia del rol que cumplía la volvía una maestra increíble, insustituible, a la que sus alumnos y alumnas amaban mientras estudiaban como poseídos –porque también sabía exigir todo aquello que daba. No dudo de la idoneidad del subinspector Ahumada, pero la comparación no deja de ser irritante.
Sepan perdonar algún exceso argumentativo. Vengo de familia de maestras –tías y primas por doquier–, soy yo mismo profesor, y entre tanto docente malo que he tenido, como todos, como yo mismo puedo serlo, lo mejor de mi vida se lo he debido a la escuela y a la universidad argentinas. Cuando Sileoni, Scioli, Macri o el que sea afirman orondos que lo que reclaman los docentes (¡un 20% de aumento sobre las cifras ridículas de las que estamos hablando!) es excesivo, siento aletear en mi cabeza la ira, pésima consejera. Al lado de eso, el paro es apenas una medida más racional, prudente y, sin duda, legítima.
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