“Mónica estaba más preocupada por asegurar los regalos navideños para sus “carasucias” que por oír los avisos de su propio cuerpo. Testimonio de ello fueron sus últimas palabras: “Negrito –dijo ayer a su hijo–, quedate con los chicos, dale para adelante”.
Ricardo Carranza tendrá que trabajar duro para sostener el mandato materno. Y es que, en dieciocho años y sin ningún tipo de subvención política “cautiva”, Mónica logró montar una de las organizaciones no gubernamentales que más han batallado en torno a tres tópicos difíciles: “hambre”, “infancia de riesgo” y “violencia de género”. Ayer, Carranza dejó tras de sí un emporio que incluye un comedor que alimenta diariamente a 10 mil personas, una “granja” en Merlo (donde se da vivienda, atención psicológica, seguimiento médico y educación a un centenar de niños), dos hogares que albergan a 110 mujeres con sus hijos, una panadería donde se enseña el oficio a chicos de la calle, y un taller de capacitación y salida laboral para mujeres. Por todo esto, en 1997 ganó el premio a la Mujer del Año.”
“La vida de Carranza, se sabe, no fue fácil. Nació en Parque Patricios en una familia de once hermanos, y tras la muerte de su padre toda la prole fue separada y repartida a distintos institutos de menores. Mónica se escapó infinitas veces del encierro. Pasó la infancia y la adolescencia en la calle, y vivió todo lo que suele vivirse en esos casos: hambre, violencia sexual y episodios tremendos como el de ver a su propia hermana morir de hambre y frío. Fue entonces cuando tomo una decisión que a la vez era un deseo: crecer y armar un refugio para la gente sin techo.
Años después contrajo matrimonio y, en su propia casa de Mataderos, fundó el comedor Los Carasucias. La historia que siguió tampoco fue sencilla. En 1996, faltos de financiamiento, los Carranza hipotecaron su casa, alquilaron un galpón y salieron –junto con los voluntarios de la organización– a vender flores para pagar el alquiler. El trasfondo épico de la historia –al que se sumaron ollas populares para evitar desalojos y la atípica perseverancia de Carranza– terminó dando sus frutos, algunos de ellos mediáticos: Marcelo Tinelli donó una heladera y un televisor para el nuevo hogar, Paulo Coelho donó 4.500 libros y otra heladera, varios músicos hicieron conciertos a beneficio (desde grupos de bailanta hasta el Coro Kennedy), la Legislatura porteña le dio un subsidio de 12 mil dólares anuales y hasta hubo una bendición a cargo de Julio Grassi, quien entonces ya insistía con hacer felices a los niños.
“Una cosa es hablar de hambre y otra cosa es sentirla”, solía decir Carranza cada vez que se le preguntaba de dónde sacaba fuerzas para seguir adelante.”
(Extractado de Crítica Digital)
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